El 3 de diciembre de 1967, hace 58 años, el mundo miró para dentro del cuerpo, cada ser humano respiró para dentro de sí, y exhaló un viento de alegría, pues el corazón, ese músculo interno causante de nuestros amoríos, de penas y alegrías, de llantos emocionantes por lo increíble o por lo negativo, podía ser reemplazado por otro corazón.
Christiaan Barnard, médico cirujano surafricano, implantó a Louis Washkansky, comerciante de 56 años, en el Hospital Groote Schuur, un corazón que no era el de él, convirtiéndose en el primer ser humano en vivir con el corazón de otro, en este caso, el de una mujer de 25 llamada Dénise Darvall, muerta en un accidente de tránsito. Ellos tres, la donante, el receptor y el cirujano cardíaco, fueron los protagonistas del primer trasplante de corazón entre seres humanos de la historia.
Mientras los médicos se ocupaban de los pormenores de tan fantástica cirugía con trasplante, el resto de la humanidad leyó con pasión las crónicas que contaban la parte humana de la historia. Así se supo que Louis Washkansky, dueño de una tienda, estaba internado en el Hospital Groote Schuur, donde los especialistas lo habían desahuciado por sus repetidas crisis cardíacas agravadas por una diabetes aguda. En otras palabras, el tipo estaba condenado a morir en cuestión de días. Se lamentó también la trágica muerte de Dénise Darvall, muy joven ella, más cuando se conocieron los detalles. Ella y su madre habían sido atropelladas por un auto en Ciudad del Cabo, un accidente en el que la señora mayor murió instantáneamente mientras el corazón de Dénise siguió latiendo aún después de que se declarara su muerte cerebral. Se rescató la entereza del padre de la chica que, en medio del dolor por la pérdida de sus dos seres más queridos, aceptó donar lo que nunca nadie había donado antes: un corazón, el de su hija.
Del médico Barnard, quien se hizo estrella mundial, se exaltó su audacia y la rapidez con que había obrado al enterarse de la muerte de la chica cuyo corazón aún latía. Su primer paso fue convencer a Washkansky, y a la esposa de este, de someterse a una operación que no tenía precedentes. Las posibilidades de éxito estaban en un 80%. El comerciante se vio obligado a aceptar, porque era ese trasplante o una muerte segura y ya anunciada. “El paciente y su esposa me autorizaron de inmediato. No fue para ellos una decisión difícil. Él sabía que estaba cerca del final. Es como si un hombre es perseguido por un león en la selva, y cuando llega hasta el borde de un río lleno de cocodrilos se tira al agua “muy convencido” de que tiene alguna chance de llegar nadando hasta la otra orilla”, escribió después Barnard.
La operación comenzó la madrugada del 3 de diciembre y se prolongó durante seis horas, Barnard fue asistido por su hermano Marius y un equipo de treinta profesionales en el que descollaba uno de sus asistentes, Hamilton Naki, cuyo importante papel en el quirófano se ocultó entonces, porque el hombre, que no era médico sino un autodidacta idóneo, era negro, y no tenía derecho a practicar la cirugía de los blancos en la Sudáfrica del apartheid. En eso, al incluirlo en su equipo desafiando las restricciones de la época, Barnard también fue un adelantado.
Barnard contaría después que lo más conmovedor para él fue extraer el corazón de la donante. “Fue un momento de mucha emoción. La sentí muy hondo cuando le saqué el corazón a la joven donante y pensé que era un corazón humano”, explicó.
La cirugía fue un éxito y el paciente despertó estable y de buen humor.
El paciente de 53 años, que padecía insuficiencia cardiaca terminal asociada a una diabetes, falleció 18 días después por una neumonía. En adelante, todos los reflectores quedaron enfocados sobre Christiaan Barnard, ese doctor de 45 años que había saltado a la fama de un día para el otro. Pocos conocían el largo camino que había recorrido para realizar su hazaña.
Esta terapéutica que en aquel momento asombró al mundo, hoy es una actividad rutinaria, que salva la vida de aproximadamente 8.000 personas cada año, según datos del Registro Mundial de Trasplantes que gestiona la ONT.
Para nuestra felicidad, el Quindío cuenta con extraordinarios médicos cardiólogos, unos dedicados al tratamiento cardiovascular, y otros a la cirugía. De ellos destaco a mis conocidos amigos Alejandro Granja, a quien le debo más que el corazón; a Carlos Alberto Buendía, Diego Hernán Hoyos, y al doctor Alberto Hernández, hoy en el hospital Universitario de Caldas, S.E.S., quien en el quirófano de la Clínica Central del Quindío, prolongó mi vida desde julio de 2008. A estos, Granja, Buendía, Hoyos y Hernández, Dios les depare más satisfacciones profesionales, y nos alegra mucho recordarlos en esta fecha tan especial para la humanidad.
Por Jota.








