.- 58 años después de la muerte de Martin Luther King Jr, ese “maldito disparo”, todavía resuena en la conciencia de Estados Unidos.
.- Los derechos civiles despertaron para vivir; no se dejaron enterrar.
.- El presidente Lyndon B. Johnson declaró el 7 de abril día nacional de luto.
El 4 de abril de 1968, hace 58 años, un disparo cortando el aire, llegó al balcón del motel Lorraine, tirando al piso de espaldas, al líder afroamericano de Memphis Martin Luther King Jr, con una herida mortal en la mandíbula, que no le dio otra oportunidad de vida. Esa misma tarde, Memphis se volvió el centro de la atención nacional y mundial.
Todos los radios y televisores anunciaron que el líder más conocido por la defensa de los derechos civiles, había pasado a la eternidad sin pedirlo, porque él quería vivir para que todos fueran iguales.
Eso conmocionó al país de Estados Unidos; y hubo duelo y violencia.
Todo se sintió; el líder en el suelo, los compañeros en sus rostros mostraban la angustiosa verdad, y el eco de ese disparo se escuchó en toda la Nación americana.
Ningún otro asesinato político, en la era moderna, provocó tantas protestas y tantos disturbios, pues se contaron más de cien ciudades, dejando 43 muertos y tresmil heridos.
El último viaje de Luther King lo hizo el 3 de abril para apoyar a trabajadores sanitarios afroamericanos, quienes reclamaban igualdad salarial y mejores condiciones para su trabajo. Y la comunidad negra de Estados Unidos estaba molesta porque dos empleados municipales habían muerto aplastados por un camión de basura, defectuoso. Las autoridades se “hicieron los locos”, y eso indignó a la comunidad negra local.
Martin Luther se había alojado en la habitación 306 del Lorraine Motel, con Ralph Albernathy, su más cercano colaborador. El día anterior pronunció un discurso, el último llamado “He estado en la cima de la montaña”, ante un auditorio repleto, donde advirtió: “He visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue con ustedes, pero quiero que sepan que esta noche nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida”.
Al día siguiente, King salió al balcón poco antes de las seis de la tarde, para conversar con Jesse Jackson y otros aliados. En ese momento, el disparo lo derribó. La escena quedó grabada: Andrew Young, Abernathy y otros señalaron la dirección de la bala, mientras gritaban pidiendo ayuda.
Una ambulancia trasladó a King al St. Joseph’s Hospital, donde los médicos confirmaron su muerte a las 7 de la noche y 5 minutos.
El asesino James Earl Ray, fugitivo con antecedentes por robo y asalto a mano armada, fue apresado el 8 de junio de 1968, aceptó el delito evitando la pena de muerte y condenado a prisión por 99 años.
El presidente Lyndon B. Johnson declaró el 7 de abril día nacional de luto.
El Congreso aprobó a velocidad récord la Ley de Vivienda Justa de 1968, que prohibió la discriminación racial en la venta y alquiler de viviendas. Así, la muerte del líder afroamericano se transformó en un punto de inflexión para los derechos civiles y aceleró una reforma largamente postergada. El funeral de King se realizó el 9 de abril en Atlanta. Unas 300 mil personas marcharon detrás de su ataúd, colocado sobre un carro tirado por mulas, símbolo de la lucha campesina en la que King también se había involucrado
El Lorraine Motel se convirtió en el Museo Nacional de Derechos Civiles en 1991. Cada año, miles de personas visitan la habitación 306, preservada tal como estaba la noche del crimen.
En 1983, el Congreso instituyó el Día de Martin Luther King Jr. como feriado nacional.
Cinco años antes de su asesinato, Martin Luther King Jr. se plantó frente al Monumento a Lincoln en Washington D.C., ante 250.000 personas reunidas en la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad. Era el 28 de agosto de 1963. Su voz recorrió el National Mall y se grabó en la memoria colectiva de Estados Unidos.
Al tomar el micrófono, King comenzó con una advertencia: “Cien años después de la Proclamación de Emancipación, el negro todavía no es libre”.
El clima social era tenso, pero King apeló a la esperanza y a la no violencia. Con ritmo de predicador, avanzó hacia el corazón de su mensaje: “Yo tengo un sueño”: que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de antiguos esclavos y los hijos de antiguos dueños de esclavos puedan sentarse juntos en la mesa de la fraternidad”.
El discurso cobró fuerza con una visión de justicia y reconciliación: “Yo tengo un sueño: que un día, incluso el estado de Mississippi, un estado sofocado por el calor de la injusticia, sofocado por el calor de la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia”.
King no esquivó la referencia personal: “Yo tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter”.
“Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres”.
El final del discurso, convertido en himno, unió la historia de Estados Unidos con la promesa de igualdad: “Y cuando esto suceda, podremos acelerar la llegada de ese día en que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podrán unir sus manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios todopoderoso, ¡somos libres al fin!’”.
Aquí el contenido completo de ese hermoso discurso, que todavía, pese a las balas, circula en los aires donde aún se respira democracia.
“Tengo un sueño”. Por Martin Luther King Jr.
«Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy en la que quedará como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra nación. Hace cien años, un gran americano, cuya sombra simbólica nos cobija, firmó la Proclama de Emancipación. Este importante decreto se convirtió en un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros que fueron cocinados en las llamas de la injusticia. Llegó como un amanecer de alegría para terminar la larga noche del cautiverio. Pero 100 años después debemos enfrentar el hecho trágico de que el negro aún no es libre. Cien años después, la vida del negro es todavía minada por los grilletes de la discriminación. Cien años después, el negro vive en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, el negro todavía languidece en los rincones de la sociedad estadounidense y se encuentra a sí mismo exiliado en su propia tierra.
Y así hemos venido aquí hoy para dramatizar una condición extrema.
En cierto sentido, llegamos a la capital de nuestra nación para cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y la Declaración de Independencia, firmaban una promisoria nota de la que todo estadounidense sería heredero. Esa nota era una promesa de que todos los hombres tendrían garantizados los derechos inalienables de ‘vida, libertad y búsqueda de la felicidad’. Es obvio hoy que Estados Unidos ha fallado en su promesa en lo que respecta a sus ciudadanos de color. En vez de honrar su obligación sagrada, Estados Unidos dio al negro un cheque sin valor que fue devuelto con el sello de ‘fondos insuficientes’. Pero nos rehusamos a creer que el banco de la justicia está quebrado. Nos rehusamos a creer que no hay fondos en los grandes depósitos de oportunidad en esta nación. Por eso hemos venido a cobrar ese cheque, un cheque que nos dará las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia.
También hemos venido a este lugar sagrado para recordarle a Estados Unidos la urgencia feroz del ahora. Este no es tiempo para entrar en el lujo del enfriamiento o para tomar la droga tranquilizadora del gradualismo. Ahora es el tiempo de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el iluminado camino de la justicia racial. Ahora es el tiempo de elevar nuestra nación de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la sólida roca de la hermandad. Ahora es el tiempo de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento. Este sofocante verano del legítimo descontento del negro no terminará hasta que venga un otoño revitalizador de libertad e igualdad. 1963 no es un fin, sino un principio. Aquellos que piensan que el negro sólo necesita evacuar su frustración y que ahora permanecerá contento, tendrán un rudo despertar si la nación regresa a su rutina.
No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el negro tenga garantizados sus derechos de ciudadano. Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia. Pero hay algo que debo decir a mi gente, que aguarda en el cálido umbral que lleva al palacio de la justicia: en el proceso de ganar nuestro justo lugar no deberemos ser culpables de hechos erróneos. No saciemos nuestra sed de libertad tomando de la copa de la amargura y el odio. Siempre debemos conducir nuestra lucha en el elevado plano de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas de la resistencia a la fuerza física con la fuerza del alma. Esta nueva militancia maravillosa que ha abrazado a la comunidad negra no debe conducir a la desconfianza de los blancos, ya que muchos de nuestros hermanos blancos, como lo demuestra su presencia aquí hoy, se han dado cuenta de que su destino está atado al nuestro. Se han dado cuenta de que su libertad está ligada inextricablemente a nuestra libertad. No podemos caminar solos. Y a medida que caminemos, debemos hacernos la promesa de marchar siempre hacia el frente. No podemos volver atrás.
Hay quienes preguntan a los que luchan por los derechos civiles: ‘¿Cuándo quedarán satisfechos?’ Nunca estaremos satisfechos mientras el negro sea víctima de los inimaginables horrores de la brutalidad policial. Nunca estaremos satisfechos en tanto nuestros cuerpos, pesados por la fatiga del viaje, no puedan acceder a un alojamiento en los moteles de las carreteras y los hoteles de las ciudades. No estaremos satisfechos mientras la movilidad básica del negro sea de un gueto pequeño a uno más grande. Nunca estaremos satisfechos mientras a nuestros hijos les sea arrancado su ser y robada su dignidad con carteles que rezan: ‘Solamente para blancos’. No podemos estar satisfechos y no estaremos satisfechos en tanto un negro de Mississippi no pueda votar y un negro en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar. No, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia nos caiga como una catarata y el bien como un torrente.
No olvido que muchos de ustedes están aquí tras pasar por grandes pruebas y tribulaciones. Algunos de ustedes acaban de salir de celdas angostas. Algunos de ustedes llegaron desde zonas donde su búsqueda de libertad los ha dejado golpeados por las tormentas de la persecución y sacudidos por los vientos de la brutalidad policial. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen su trabajo con la fe de que el sufrimiento sin recompensa asegura la redención. Vuelvan a Mississippi, vuelvan a Alabama, regresen a Georgia, a Louisiana, a las zonas pobres y guetos de las ciudades norteñas, con la sabiduría de que, de alguna forma, esta situación puede ser y será cambiada. No nos deleitemos en el valle de la desesperación. Les digo a ustedes hoy, mis amigos, que pese a todas las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño arraigado profundamente en el sueño americano.
Yo tengo un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’.
Yo tengo el sueño de que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los exesclavos y los hijos de los expropietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad.
Yo tengo el sueño de que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia.
Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. ¡Yo tengo un sueño hoy!
Yo tengo el sueño de que un día, allá en Alabama, con sus racistas despiadados, con un gobernador cuyos labios gotean con las palabras de la interposición y la anulación; un día allí mismo en Alabama, pequeños niños negros y pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas como hermanos y hermanas. ¡Yo tengo un sueño hoy!
Yo tengo el sueño de que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados, y que la gloria del Señor será revelada y toda la carne la verá al unísono. Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la que regresaré al sur. Con esta fe seremos capaces de esculpir en la montaña de la desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a prisión juntos, de luchar por nuestra libertad juntos, con la certeza de que un día seremos libres.
Este será el día, este será el día en que todos los niños de Dios serán capaces de cantar con un nuevo significado: ‘Mi país, dulce tierra de libertad, sobre ti canto. Tierra donde mis padres murieron, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera, dejen resonar la libertad’. Y si Estados Unidos va a convertirse en una gran nación, esto debe convertirse en realidad. Entonces dejen resonar la libertad desde las prodigiosas cumbres de Nueva Hampshire. Dejen resonar la libertad desde las grandes montañas de Nueva York. Dejen resonar la libertad desde los Alleghenies de Pennsylvania. Dejen resonar la libertad desde los picos nevados de Colorado. Dejen resonar la libertad desde los curvados picos de California. Dejen resonar la libertad desde las montañas de piedra de Georgia. ¡Dejen resonar la libertad de la montaña Lookout de Tennessee. Dejen resonar la libertad desde cada colina y cada montaña de Mississippi, desde cada ladera, dejen resonar la libertad! Y cuando esto ocurra, cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, serán capaces de unir sus manos y cantar las palabras de un viejo espiritual negro: ‘¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos libres!’».
Por Jota Domínguez Giraldo (lanotadejota.com)
Fuentes: Infobae; El Mundo, especiales; Wikipedia biografía; Selección y Notas de Liliana Viola, Grupo Editorial Norma.








