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Mientras tanto, crecer duele

Armenia está creciendo. Y como todo lo que crece, duele.

Duele la obra, duele el trancón, duele buscar por dónde pasar, duele encontrar una calle cerrada, duele ver vendedores informales, carros mal estacionados y una ciudad que parece que todos los días tiene algo nuevo que resolver.

Pero también hay que decirlo: Armenia no puede seguir siendo la misma ciudad de hace veinte años si queremos que atienda a los más de 325.000 habitantes que hoy viven aquí, además de todos aquellos que llegan diariamente a trabajar, estudiar, hacer negocios, buscar atención médica o simplemente a resolver sus asuntos.

Por estos días la administración municipal tiene que luchar contra las basuras, el desorden del tráfico, los vendedores informales, la oposición, los negativistas y, en algunos casos, hasta contra funcionarios que pareciera que no entendieran que están para servir.

Y mientras tanto, la ciudad crece.

Hay obras por distintos sectores. Se construyen calles, andenes, se instalan semáforos y se adelantan intervenciones que necesariamente generan incomodidad. Una obra pública nunca es cómoda mientras se construye. Después vendrá la tranquilidad, pero mientras tanto toca aguantar.

Por eso también hay que pedirle algo a la ciudadanía: ayudar.

No todo puede ser criticadera.

Si hay una obra, habrá congestión. Si se interviene una vía, habrá que buscar otra. Si se construye infraestructura, habrá polvo, ruido y dificultades. Eso no significa que la administración tenga patente de corso para hacer las cosas mal. ¡No señor!

A los funcionarios hay que exigirles. Y bastante.

Pero una cosa es exigir que hagan bien las obras, que cumplan los tiempos, que administren correctamente los recursos y que respondan por sus errores, y otra muy diferente es querer que Armenia no cambie porque nos incomoda que estén construyendo.

Crecer duele.

A los niños les duelen los músculos cuando están creciendo. A las ciudades les pasa exactamente lo mismo.

Armenia necesita crecer, pero necesita crecer ordenadamente. Necesita mejores vías, mejores espacios públicos, movilidad, seguridad, limpieza y una administración que se ponga la camiseta y trabaje.

Y nosotros también tenemos que ponernos la camiseta.

Porque es muy fácil exigirle a la Alcaldía que limpie la ciudad mientras tiramos basura en la calle. Es muy fácil protestar por los trancones mientras todos queremos sacar el carro para hacer cualquier diligencia. Es muy fácil reclamar por el desorden mientras cada uno hace lo que le da la gana.

La ciudad también somos nosotros.

Por eso, mientras Armenia crece, nos toca acompañarla. No significa aplaudirlo todo. Significa entender que una ciudad que quiere ser más grande, más bonita y más competitiva tiene que pasar por momentos incómodos.

Al alcalde le corresponde hacer lo suyo.

A los funcionarios, trabajar.

A los ciudadanos, colaborar.

Y a los críticos, criticar cuando haya que criticar, pero también reconocer cuando las cosas se hacen bien.

Porque Armenia no puede quedarse quieta para que nadie se incomode.

Crecer duele. Pero quedarse pequeño duele mucho más.

PUNTO Y APARTE

Y mientras Armenia se mueve entre obras, tráfico, problemas y discusiones, también hay espacio para las buenas noticias.

Una de ellas fue el matrimonio católico de Laura Marcela López Quintero, abogada y profesional de amplia formación, con Juan Camilo, celebración que reunió a familiares, amigos, dirigentes políticos y distintas personalidades del departamento.

La fiesta comenzó desde el viernes y continuó el sábado con una celebración que tuvo música para todos los gustos y una larga lista de invitados.

Porque así es este Quindío: mientras unos trabajan, otros gobiernan, otros critican, otros construyen y otros se casan, la vida sigue.

Y Armenia, con todos sus problemas y todas sus virtudes, también.


Fuente y referencia: texto elaborado a partir de la columna “Mientras tanto: ‘Crecer duele’”, escrita por Jota Domínguez Giraldo y publicada en La Crónica del Quindío el 4 de agosto de 2026.

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